Antes de convertirse en una promesa consolidada, Gilberto Mora ya dejaba a entrenadores y compañeros boquiabiertos en las canchas de Chiapas, demostrando desde la cuna que había nacido para el futbol.
Mientras los demás niños apenas comenzaban a familiarizarse con el balón, él llegaba a los entrenamientos incluso cuando no le correspondía asistir, pasando horas dominando la pelota, pateando y entendiendo el juego de una forma atípica.
El profesor Gustavo Jiménez Narcía, uno de los primeros entrenadores en su carrera, relata cómo fue descubrir a este diamante en bruto.
Su primer contacto se dio gracias a que el padre del jugador, también llamado Gilberto Mora, formaba parte activa del proyecto de fuerzas básicas del club chiapaneco. Fue ahí donde el pequeño “Gilito” prácticamente creció dentro del terreno de juego.
“Siempre llegaba a los entrenamientos, aunque no le tocara. Mientras nosotros preparábamos las sesiones, él ya estaba dominando la pelota, pateando y jugando. Desde muy pequeño se veía que tenía algo diferente”, recordó el estratega desde Tuxtla Gutiérrez.
Un talento innato y el nacimiento de “El Bombero”
Mientras sus compañeros infantiles batallaban con los conceptos más básicos del deporte, como la conducción, el control y la orientación de los perfiles de recepción, Gil ejecutaba todo con una naturalidad y precisión asombrosas.
“Traía un don que Dios le regaló, pero también lo trabajó muchísimo. Tenía un amor enorme por el futbol y una disciplina ejemplar. Eso hizo la diferencia”, afirmó Jiménez Narcía.
Su innegable ventaja técnica y táctica le permitía jugar habitualmente en categorías superiores a las de su edad, y aun así, lograba marcar diferencia frente a rivales mayores.
Fue precisamente en esos años de formación donde nació el apodo que todavía retumba en las anécdotas de las canchas chiapanecas: “El Bombero”.
Cuando alguno de los equipos de la academia se encontraba en desventaja en el marcador o el partido se complicaba, los entrenadores sabían exactamente a quién llamar para solucionar el problema.
“Decíamos: ‘tráiganme al Bombero para que apague el fuego’. Entraba Gil y nos ayudaba muchísimo”, relató entre sonrisas el profesor Gustavo Jiménez.
De Chiapas para el mundo
Más allá de sus extraordinarias cualidades futbolísticas, quienes lo acompañaron durante su formación infantil lo recuerdan como un niño sumamente alegre y apasionado.
“Siempre lo recuerdo sonriendo. Hasta cuando estaba nervioso se reía. Disfrutaba jugar y eso sigue viéndose ahora que lo observamos con la Selección. Hay jugadores que parecen ser uno mismo con la pelota, y creo que eso le pasa a Gil”, señaló su exentrenador.
Gilberto permaneció forjando su talento en las instalaciones de Jaguares hasta los nueve años de edad.
Posteriormente, emprendió su camino hacia Tijuana, institución donde continuó su formación y consolidó su desarrollo hasta alcanzar el profesionalismo.
A pesar de la distancia, para quienes fueron testigos de sus primeros regates, sus raíces siguen intactas.

